Alfred Sisley, un anciano curtido y habitado por la melancolía, vive solo rodeado de sus recuerdos. Retirado del mundo, espera en silencio una señal: la de su único y verdadero amor. Impotente ante el tiempo que se desmorona, intenta superar sus penas, contener sus sueños recurrentes y calmar sus escritos desgarradores, vestigios de una vida interior siempre vigilante.
El encuentro con Joey rompe este frágil equilibrio. En él, Sisley reconoce el reflejo de sus propios treinta años: una resonancia íntima, una unidad profunda, una sinergia inesperada. A través de la música —que actúa como un eco vibrante de su pasado—, Sisley vuelve a abrir las puertas de su memoria. Confía entonces a Joey su historia, fragmento tras fragmento, con la esperanza de encontrar lo que le falta hace tanto tiempo.
Entre silencios compartidos y confidencias susurradas, su relación se convierte en un espacio suspendido donde el pasado y el presente se encuentran. Cada nota, cada mirada, cada palabra revive una presencia enterrada. Sisley comprende poco a poco que ciertos encuentros no vienen a llenar una ausencia, sino a darle finalmente un sentido.